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El mundo de Kovalet

Kovalet es un planeta cuyo continente principal alberga cuatro regiones con culturas, historias e intereses profundamente distintos: Dravania, Corvelia, Meredia y Arai. Aunque la geografía y las costumbres las separan, el curso de la historia las ha unido —y enfrentado— más de una vez. Hoy, tras siglos de conflicto y una guerra que redibujó el mapa del mundo, Kovalet vive una era de paz relativa y modernidad creciente.


Las cuatro regiones

Dravania

Dravania es la región más vasta del continente y fue, durante siglos, el territorio de los dragones. Su geografía es agreste: montañas imponentes, valles volcánicos y llanuras de ceniza que todavía recuerdan la devastación de la guerra. Tras la detonación del arma que puso fin al conflicto, Dravania quedó profundamente dañada, pero su resurgimiento económico fue tan rápido como sorprendente. Hoy es un centro de comercio e industria extractiva, reconstruido en gran parte por los Drakai, los herederos de sangre dracónica que eligieron forjar la paz con el resto del continente. La codicia que definió a los dragones no desapareció con ellos: vive ahora en las casas mercantes, los bancos y las dinastías industriales que los Drakai construyeron sobre las ruinas.

Corvelia

Corvelia es una región de ciudades amuralladas y tradición militar. Su símbolo es el cuervo: un ave que observa desde lo alto, recuerda todo y no actúa sin razón. Su contribución más notable a la Gran Guerra fue la creación de los Caballeros Córvidos, una orden de guerreros de élite cuya disciplina y armamento los convirtieron en la columna vertebral de la alianza. Con la llegada de la paz, Corvelia ha mantenido su organización castrense pero ha volcado sus capacidades en la administración civil, consolidándose como una potencia política en el continente.

Lo que Corvelia nunca ha reconocido públicamente es su papel decisivo —y oscuro— en el desenlace de la guerra. Sus agentes fueron quienes profanaron el templo sagrado de Meredia y extrajeron el artefacto que cambió el curso del conflicto. La ley en Corvelia es rígida y se aplica con orgullo, pero ese capítulo permanece sellado en los archivos que nadie puede consultar.

Meredia

Meredia fue en otro tiempo una región próspera y extensa, hogar de los Melerians, un pueblo de cultura refinada, grandes festivales y profunda tradición espiritual. La guerra con los dragones la redujo a un archipiélago: solo una fracción del territorio original sobrevivió a los ataques. Ese trauma forjó un carácter resiliente en los Melerians, pero también una herida que no termina de cerrar.

Dentro de Meredia se alza el Templo del Umbral, una estructura antiquísima que preexiste a todas las naciones del continente. Lo guarda una orden hermética conocida como los Custodios, cuya lealtad no es a Meredia sino a los artefactos y conocimientos que protegen. Cuando la guerra arrasó el territorio y los Melerians se vieron sin salida, fueron agentes de Corvelia —no de Meredia— quienes penetraron en el templo y tomaron lo que no les pertenecía. Sin embargo, para el mundo exterior, la profanación ocurrió en suelo Meleriano. Meredia carga con esa vergüenza sin haber ordenado el crimen.

Arai

Arai es la región más avanzada tecnológicamente del continente. Su aportación a la alianza fue el desarrollo de los Nekomaton, seres creados mediante modificación genética a partir de felinos, diseñados para ser guerreros ágiles y de reflejos excepcionales. El éxito de esa creación —y las preguntas éticas que generó— marcaron a Arai para siempre.

Lo que también marcó a Arai fue lo que ocurrió después de que Corvelia les entregara el artefacto robado. Fueron los ingenieros y científicos de Arai quienes estudiaron ese objeto de origen desconocido, comprendieron su potencial destructivo y lo transformaron en un arma funcional. La decisión de activarla fue colectiva, tomada en sesiones de guerra que hoy son documentos clasificados. Arai ganó la guerra. Arai también construyó el instrumento que devastó Dravania. Ese doble legado es el debate que nunca termina en sus academias.


El Templo del Umbral y los Custodios

El Templo del Umbral no pertenece a Meredia. Existía mucho antes de que los Melerians llegaran a esas tierras, y los Custodios que lo habitan son una orden que se sostiene a sí misma, con sus propias reglas, su propio lenguaje y su propia jerarquía. Durante siglos, los Custodios mantuvieron una relación de convivencia silenciosa con Meredia: ni alianza ni enfrentamiento, sino distancia respetuosa.

Cuando Corvelia profanó el templo y extrajo uno de sus artefactos más antiguos, los Custodios no declararon la guerra. Hicieron algo más rotundo: cerraron el templo para siempre. Nadie entra. Nadie sale. Sus emisarios dejaron de aparecer en los mercados y las plazas. Las puertas del Umbral llevan décadas selladas, y ningún gobierno del continente ha logrado —ni intentado seriamente— reabrirlas.

Lo que contenía el artefacto robado, qué fuente de poder lo animaba y cuántos otros objetos similares siguen dentro del templo son preguntas que nadie puede responder. Los Custodios guardan ese silencio con la misma disciplina con la que guardaron el templo durante siglos.


La Gran Guerra

Durante siglos, los dragones de Dravania coexistieron con el resto del continente en una paz tensa. Esa paz se rompió cuando lanzaron un ataque a gran escala contra Meredia, arrasando ciudad tras ciudad hasta reducir el territorio Meleriano a un puñado de islas. El motivo exacto del ataque es aún objeto de debate entre historiadores.

La devastación de Meredia forzó la formación de una alianza entre las regiones supervivientes. Corvelia aportó a los Caballeros Córvidos. Arai desarrolló los Nekomaton. Los Custodios, sin embargo, se negaron a participar: su orden les prohibía intervenir en conflictos entre naciones.

Con la guerra estancada y Meredia al borde de la extinción, Corvelia tomó la decisión en secreto. Un grupo de sus agentes de élite se infiltró en el Templo del Umbral, neutralizó las defensas de los Custodios sin matarlos y extrajo un artefacto que los archivos internos corvelios describen únicamente como el objeto. Ese artefacto fue transportado a Arai bajo máxima discreción.

Los científicos de Arai tardaron meses en comprender lo que tenían. Cuando lo comprendieron, tardaron semanas más en debatir si debían usarlo. Al final, lo transformaron en la Llama de Origen: un arma de destrucción masiva cuya naturaleza exacta —¿arcana? ¿tecnológica? ¿ambas?— sigue siendo motivo de controversia. La detonaron sobre el nido principal de los dragones en el corazón de Dravania.

La explosión fue visible desde tres regiones distintas. Cuando el humo se disipó, los dragones habían desaparecido como fuerza organizada.

Las consecuencias fueron inmediatas. Los Custodios sellaron el Templo del Umbral. Corvelia celebró la victoria sin mencionar su papel en el robo. Arai asumió públicamente la responsabilidad del arma. Meredia, cuyo suelo albergaba el templo profanado, fue señalada por algunos como cómplice de una profanación que nunca ordenó.


La era actual

Con los dragones desaparecidos, los Drakai —descendientes de sangre dracónica que habían vivido siempre en los márgenes de la sociedad dragontina— negociaron la paz con la alianza y comenzaron la reconstrucción de Dravania. Su integración en el continente fue lenta pero firme, y hoy son ciudadanos reconocidos en la mayoría de las regiones.

Kovalet vive una era de modernidad y expansión urbana. Las ciudades crecen, el comercio florece y la tecnología de Arai se extiende por el continente. El Templo del Umbral sigue sellado. Las heridas de la guerra cicatrizan con lentitud, pero la memoria de lo ocurrido —y de quién hizo exactamente qué— sigue presente en la política, la cultura y las calles de cada región.